La descripción del escenario (1)

19 09 2009

CONCIENCIA DE LA REALIDAD

Exelente articulo realizado por un ser humano BRILLANTE.

(1)     Realidad Evidente

(2)     Realidad Oculta

(3)     El Cosmos

La Realidad Evidente está construida sobre varios pilares –socialmente bien aceptados por consenso-, comenzando por la Santísima Trinidad: Religión, Comercio, Política…

En este artículo, aun a riesgo de las críticas, comenzaremos con la religión. Los otros terrenos sobre los que se construye la Realidad Evidente, así como la descripción de la Realidad Oculta y el Cosmos, serán objeto de artículos próximos.

*Religión: Tenemos una visión arcaica sobre nuestro creador, luego los vínculos que usamos para relacionarnos con ese creador serán igual de arcaicos. Creemos en un Dios externo al que temer, y escuchamos a sus representantes, doctores que actúan como intermediarios entre el creador y nosotros. La religión nos habla de la importancia de creer en Dios. La espiritualidad nos habla de ejercer como dioses. Se entiende, pues, que creer sirve como elemento neutralizador del ser, en tanto que la creencia implica una delegación de soberanía hacia un ente externo (y su representante) por nuestra parte. Creer conlleva obediencia y preguntas respondidas. Ejercer supone errar, crecer, dudar, ejercer como ente que busca –como prioridad- el restablecimiento del enlace que lo une a su realidad espiritual (que a su vez lo une a la Fuente-Dios). Creer es una cuestión de obediencia a lo establecido en el más allá, sobre los cimientos de las afirmaciones que otros hacen de esa realidad inmaterial. De ese modo, infantilizando ridículamente el vínculo de unidad entre el ser humano y la fuerza creadora, todo queda reducido a un mero asunto de ciega obediencia. Una obediencia contraria a la evolución, a la búsqueda de conocimiento. ¿Y la conciencia individual? Queda neutralizada, inutilizada, sustituida por la creencia ciega, su íntima enemiga.

En tanto que individuos sometidos a un dios externo, precisamos de realizar trueques con esa supuesta divinidad, a la que hemos de convencer para que cumpla con sus hijos. Realizamos peticiones de socorro a ese ente supremo ante las vicisitudes de la vida que, mayoritariamente, hemos elegido libre e ignorantemente. Le solicitamos que resuelva lo que no es –muchas veces- sino la consecuencia de una vivencia humana creada desde la más absoluta irresponsabilidad e inconsciencia. Por el contrario, el arquetipo del héroe (como figura del cuerpo que ejerce como templo de su ser) no cree en nada externo a sus propias capacidades redescubiertas (que emanan de su naturaleza divina), luego ejerce como el ente cósmico que es, y no como un mero cuerpo desligado de sus responsabilidades y naturaleza.

Y aquí viene la pregunta: ¿no será la fe –en lo externo- un artificio para que nuestras psiques se enfoquen en un interesado receptor de nuestra energía, no en quien nos la entregó como creador?

La religión ha sido formulada para inducir al hombre a buscar fuera lo que sólo se haya dentro. Religiosidad rupestre (relativo a las rocas, a Pedro), busca lo inerte en la mente del creyente. Y obstruye lo vivo, lo que pregunta una y otra vez, lo inconformista.

La religión es un estadio más en el que se expresa el ser humano, sin posibilidad de trastocar el ‘orden terrestre establecido’. Por el contrario, el ser en su templo-cuerpo, el hijo co-creador, asume su responsabilidad madura y, sin nada de lo que conforma la religión, reestructura su percepción de la realidad en base a su naturaleza espiritual redescubierta. Se convierte así en un bárbaro educado, en un disidente, en un insolente estorbo para el orden establecido, y para el dios que antes le daba respuestas a la medida de sus ‘divinas’ necesidades.

Por ello, se entiende el importante rol que juegan las religiones (intrínsecamente grupales y piramidales) en esta dimensión, donde rige un orden que precisa mantener –a toda costa- a los humanos dóciles, conformes, sin cuestionar la realidad. Consecuentemente, las religiones son enemigas de la evolución y libertad humanas. Lo cual no quiere decir que muchos religiosos -y todos los creyentes-, no merezcan nuestros respetos.

Indudablemente, la posición marginal a la que nuestra condición espiritual se ha visto relegada durante milenios, respecto de la materia, toma forma en la reducción religiosa. Se redujo a una pequeña parcela espacial/física (libro, misa, ritos, sacerdote, oración nocturna), excluyéndola de su verdadera expansión, que es la vida toda de un ser humano. A niveles de la psique inconsciente, en tanto que la religión no genera preguntas (sino que entrega respuestas definitivas), el material arquetípico permanece dormido, en desuso, en la mente no consciente, a donde van dirigidos los paquetes de desinformación cuyo contenido (de espiritualidad adulterada) se almacenan y neutralizan todo intento del ser por fluir al consciente y manifestarse.

En ese secuestro de la espiritualidad por parte de la religión también cuenta la imaginería: la percepción mental-visual de un dios hecho hombre (milagrero prodigioso, nacido virginalmente, con nombre y apellidos, fecha de nacimiento y nacionalidad) marca las distancias adecuadas que evitan toda posible afinidad con el arquetipo.

Desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días, la imagen del Cristo ha sido moldeada esencialmente desde las colinas californianas: Hollywood ha creado la imagen del Cristo majestuoso de los últimos 112 años, desde que en 1897 apareciera por primera vez en escena. Desde entonces se han realizado 294 películas en las que el Cristo, mayoritariamente ha aparecido espléndido, impecable, ario. Y literal. La literalidad con la que los textos han sido llevados al cine (también debemos sumar a Moisés, Abraham, y otros personajes bíblicos) descarta cualquier posibilidad de que el espectador observe a Cristo más allá de la figura divina. Y se logra evitar, una vez más, la identificación de Cristo como arquetipo que representa a todos los seres.

En otro aspecto, el fetiche del crucificado en cada espacio que nos rodea sirve de advertencia a los dormidos niveles de nuestra mente: ‘Tú, disidente, mira lo que hemos hecho con este. ¿Quieres el mismo final?’.

En definitiva, tanto se ha llegado a prostituir el concepto ‘espiritualidad’ que es admitido de manera natural que los intermediarios religiosos sean aceptados como parte consustancial de la misma, cuando –en realidad- son un añadido artificial, un tremendo e involutivo postizo que sustituye la acción de nuestra conciencia. A lo sumo, la ausencia de aceptación hacia la casta sacerdotal viene motivada por el -cada vez mayor- conocimiento de un contradictorio (y escandaloso, en muchos casos) comportamiento de no pocos de esos miembros. Pero esto, desgraciadamente, no incluye un argumento que llegue a la raíz del fenómeno sacerdotal y denuncie su artificialidad.

También hemos aceptado que en los asuntos supuestamente espirituales exista una jerarquización ‘estilo imperio’, un funcionariado que pervierte la esencia espiritual.

¿No resulta un tanto sospechoso que los supuestos dioses del hombre hayan defendido siempre la institución de elites? ¿Por qué ese afán tan divino por separar al hombre en rangos, bendiciendo monarquías y castas sacerdotales, así como a unos pueblos sobre otros?

El cristianismo establece una serie de ritos, llamados sacramentos, que dice son instituidos por Jesucristo para la salvación del alma. Según la doctrina cristiana, los sacramentos son una elección de Dios para, por medio de ceremonias visibles y externas, otorgar gracias a los hombres. Dios podría hacer esa entrega por otros medios (directos e individuales), pero ha preferido hacerlo así, precisándose de un exclusivo maestro de ceremonias que conozca la liturgia. Como se puede observar, a ese dios le gusta complicar las cosas. En esencia, y a pesar de sus múltiples ropajes, todos los dioses son amantes de la burocracia, necesitados de funcionarios que creen dependencia al creyente; interesados, muy interesados en que éste observe el mundo a través de sus ojos.

Ciertamente, nuestro paradigma funciona a través de una completa liturgia, realizando acciones materiales que tienen sentido por ser la imagen de realidades espirituales, pero, ¿hasta que punto esas ceremonias son imprescindibles? ¿Es oportuno cuestionar la forma y el contenido de nuestra ceremonial forma de entender la vida? Creemos que sí. (En múltiples aspectos de la vida, el ser humano está encadenado a variadas ceremonias que juegan con las emociones, concentrándolas en un breve instante, que convierte en más importante el concepto ‘evento’ que el concepto ‘proceso’.)

Los creyentes se han quedado en la adoración, en la exposición pública de su devoción, en el fetiche, prefiriendo acercarse al padecimiento físico del Gólgota antes que emular el carácter perturbador del arquetipo crístico. Ellos (que merecen todos mis respetos) prefirieron la agradable adoración y despreciaron el esfuerzo que reside en formularse preguntas sin respuestas preconcebidas; unas preguntas que conducen a la turbación y el desconcierto, pero que dinamitan la dependencia a ideas ajenas que limitan el potencial del ser humano.

Lo llaman Hijo de Dios, marcando las distancias, y así se protegen de cometer la bendita herejía de tomar su ejemplo en serio, como agitador que se cabrea ante la espiritualidad secuestrada por los mercaderes religiosos.

En consecuencia, el ser humano confunde la religión (lo que siente ante las tradiciones, los ritos, las oraciones, el arte, los olores, etc) con la espiritualidad. Y eso no le permite avanzar en la consecución de su soberanía, que nos dice que debe actuar como un hijo co-creador, como una criatura evolucionada, como un Cristo. A este respecto de la vulgarización, el Evangelio de Felipe (logión 10) nos dice:

Los nombres que se dan a las cosas mundanas comportan una gran confusión. Pues sus corazones (sus mentes) son desviados de la realidad hacia la irrealidad. Y quien oye (la palabra) ‘Dios’ no piensa en la realidad, sino que es conducido a pensar en la irrealidad. Así también con (las palabras) ‘el Padre’ y ‘el Hijo’ y ‘la Sagrada Espíritu’ y ‘la vida’ y ‘la luz’ y ‘la resurrección’ y ‘la iglesia’, y todas las demás no suelen pensar en la realidad, sino que es conducido a pensar en la irrealidad, salvo que –previamente- se conozca la realidad.

(Este texto pertenece a la Biblioteca de Nag Hammadi, que –como ya hemos dicho con anterioridad- son un conjunto de papiros manuscritos en lengua copta -egipcio de los primeros siglos de cristiandad- hallados junto al río Nilo, Egipto, en 1945, pertenecientes a una agrupación cristiana del génesis de la iglesia, perseguida por la jerarquía. La mejor recopilación de textos de Nag Hammadi en la red se encuentra en las traducciones realizadas por The Ecumenical Coptic Proyect -Athens- en la página http://www.metalorg.org)

Sigamos hablando de manipulación religiosa y, consecuentemente, estaremos aclarando aquello que no lo es, que es el camino, el sendero (como quiera ser llamado), que no puede ser definido, sino experimentado individualmente. Sigamos hablando de aquello que imita al sendero, pero cuyo contenido, cuya naturaleza, es intrínsecamente opuesta a lo que el sendero espiritual sería. La máxima de todo camino espiritual (que nada tiene que ver con la falsa paz complaciente) es su experimentación individualidad y, en ella, la soberanía del ser sobre el cuerpo y sus espejismos.

Aquellos individuos que no están fuertemente ligados a la religión y experimentan una espiritualidad por medios alternativos, habitualmente se estancan en seguir manteniendo la dimensión espiritual como un accesorio que se añade a sus inmutables vidas. Veamos un ejemplo que hemos puesto en un artículo anterior:

A)    Accesorio: Un niño que juega al fútbol no asimila el perder, o siente demasiada responsabilidad cuando –aun habiendo dado lo mejor de sí- su equipo es derrotado. La terapia aplicada es enseñarle a reconocer que su esfuerzo no es en vano aunque el resultado sea una derrota.

B)     Espiritualidad real: enseñar al niño que la competición, la rivalidad a la que lo empuja el medio ambiente, es innecesaria. El concepto ‘rivalidad’ es socialmente aceptado por su asociación con los términos ’superación’, ‘inconformismo’.

Estos dos paradigmas definen esquemas bien diferenciados. El primero es un sucedáneo de espiritualidad que no ahonda en lo culturalmente establecido y, simplemente, busca sanar una de las consecuencias de un proceso que no se pretende modificar, la competitividad en sí misma. El segundo escarba a niveles más profundos, hasta hallar las bases de la conciencia: Si despojamos a la rivalidad, de la aureola (otorgada por la aceptación social mayoritaria) que le hace mostrarse como un elemento inocuo (que no hace daño), comenzaremos a observar, no sólo que carece de elementos que realmente lo vinculen con la superación personal (que se adquiere sin necesidad de un estímulo competitivo), sino que esa misma competitividad es un factor constante en el paradigma masculino global, en el que la rivalidad se expresa en un amplísimo marco, cuyas justificaciones no dejan de sonar a inmaduros argumentos infantiles.

El triple Dios Único de judíos, cristianos y musulmanes: ¿Acaso desconocía la deidad de la Torah, la Biblia y el Corán, que sus lectores empuñarían la espada contra los no creyentes, o es que estamos ante un dios liante que extrae algún beneficio con los ánimos encendidos y la sangre derramada? ¿Desconocía que –sobre la base religiosa- el varón aplastaría a la mujer hasta la actualidad, negándole los derechos de que goza él? De otro modo no se entiende que un supuesto Dios Único no haya elegido a una sola mujer para ser su portavoz oficial en 4000 años, desde que Abraham salió de su mesopotámica casa natal. ¡Paridad de géneros, señor Dios Único!

Llama la atención la diferencia entre el concepto de Dios que defendía el judaísmo del Antiguo Testamento, y el que muestra el Cristo de los evangelios canónicos y apócrifos. Cristo, frente al rígido conservadurismo del judaísmo de su tiempo, no sólo lo humaniza llamándolo Padre, sino que, además, su prisma sobre la divinidad incluye notorios rasgos que se dirían pertenecientes al arquetipo de la Madre Diosa. Su flexible interpretación de la Torah cabreaba (para que luego, algún lector diga que un líder espiritual no se enfrenta a la religión imperante) a los rígidos e hipócritas sacerdotes y fieles. Esa elasticidad toma forma en la expresión que Jesús repite del profeta Oseas (‘Misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos’, Oseas 6,6 y Mateo 12,7), así como en su intercesión por una mujer que iba a ser lapidada (Juan 8,7).

Los evangelios apócrifos están trufados de alusiones a la divinidad femenina, especialmente los Evangelio de Felipe y Evangelio de Tomás, ambos pertenecientes a la Biblioteca de Nag Hammadi.

Cómo será la degradación a la que ha sido sometida la mujer, que nada es más humillante para un varón que creer que otros puedan calificar como femenino alguno de sus modales o formas. La anulación de la feminidad comienza desde el núcleo familiar (masculinamente tutelado), cuando la politización de roles diferencia de forma artificial a los niños de las niñas.

¿Para cuándo una nueva revelación divina a la humanidad que restablezca a la mujer a una posición igual de digna que la que ha gozado el varón? (Perdón por la ironía.)

Porque seamos sensatos y denunciemos que la idiosincrasia femenina, bajo indecente auspicio ‘divino’, ha sido considerada indigna y ha estado subordinada a la masculina.

De no haber sido voluntad celestial que los líderes (siempre varones, claro) y adeptos religiosos considerasen a la mujer como una costilla de sus compañeros, bien merecería que el dios de Abraham, Isaac, Jacob e Ismael, se pronunciase –tan pronto como sus asuntos cósmicos se lo permitieran- para rectificar semejante error de interpretación. (Nuevas disculpas por este sarcástico comportamiento…) Dios que calla ante una teología que lo hace menos progresista que las sufragistas, dios que otorga.

¿Qué se contiene en el desarrollo de la condición femenina, que los ‘dioses’ consideraron oportuno arrinconarla y neutralizarla, ensalzando la virilidad? ¿Fortuito menosprecio por su parte, o justificado temor a que la eclosión femenina llevase consigo el desaire a unos dioses, a todas luces, falsos e innecesarios? No nos cabe la menor duda de que el potencial latente en la feminidad inexplorada, libre de toda tutela masculina, posee las aptitudes suficientes como para mandar al cuerno a los dioses que la ningunearon. Más aun: la expresión y exteriorización del singular carácter femenino (y posterior introducción de los varones a él) son pilares vitales e imprescindibles para una humanidad reestructurada.

En términos globales, esa preeminencia de lo masculino se define a sí misma en términos de cólera, autoritarismo, e inclinación hacia el uso –exaltado- de un hemisferio cerebral de índole racional, cuyo femenino contrapeso (en lo emocional e intuitivo del otro hemisferio) está secuestrado en la parcela religiosa que lo ha amordazado con prejuicios de supuesto origen divino. Rota la dualidad complementaria de géneros (y hemisferios), los dioses señorean -hasta hoy- el cortijo planetario a sus anchas…

Curiosamente, en contra de lo que muchos creen, nuestras sociedades tienen un enorme componente de fe ejercida, no sólo en el ámbito religioso (y su cultura residual) sino en la fe depositada en la ciencia, en la política, en lo económico, etc. Lamentablemente, somos mitómanos patológicos, aunque podemos dejar de serlo.

La fe ciega, la confianza extrema, la creencia en los mitos (culturalmente aceptados) son un claro ejemplo de nuestro analfabetismo espiritual. Esa confianza ciega toma forma en el ámbito cotidiano, de la mano de la pereza, en la veneración que el ser humano expresa hacia los títulos, lo oficial, lo generalmente aceptado, los cargos, lo oficial, lo masivo.

Regresando al terreno religioso, el propósito esencial de la misma es que el hombre no se sienta estimulado a buscar lo esencial en sí mismo. Así, se entenderá que la razón esencial del mito religioso no es proporcionar respuestas convincentes al ser humano, sino alejarlo de su ser interior (sin rituales, ni pastores, dogmas, templos de piedra, héroes mitológicos). Se busca el adoctrinamiento masivo, con sus prejuicios a cuesta, promoviendo –con obediencia- la glorificación de un dios externo al que hay que calmar y complacer. Si lo que sucede diariamente puede ser pervertido a conveniencia del poder inmediato, se entenderá que el mito religioso yace cómodamente en el olimpo de lo intocable, el espacio reservado para lo sacrosanto. Y lo sacrosanto es considerado así cuando no es la creencia de uno o dos individuos, sino de millones, aunque sea superchería. No es sagrado lo que nació ayer, sino lo que resiste al paso del tiempo, así sea fruto de la ignorancia y la imposición.’

Entenderá el lector que, si el camino espiritual no puede ser descrito, sino que ha de ser experimentado individualmente, desde Starviewer, a pesar de las consideraciones en contra que podamos recibir, tratamos de aclarar qué NO es el camino, qué ES aquello lo imita groseramente. Ese aporte debiera ser suficiente para estimular la búsqueda del sendero interior que, en efecto, es responsabilidad de cada uno.

Fuente: starviewer

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